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vie 10 Jul 2020

"Vengaremos a Oscar Wilde": todos los secretos del genio gay condenado por "sodomita" y rebelde

por Lorena G. Maldonado

"Vengaremos a Oscar Wilde": todos los secretos del genio gay condenado por "sodomita" y rebelde

'Martirio del caballero del clavel verde' es una hermosa biografía ilustrada del maestro Oscar Wilde: un esteta, un hedonista, un dandi contra la hipocresía de la sociedad y sus moralidades pacatas. 

Cuenta Martirio del caballero del clavel verde (Egales), escrito por Nacho Esteban e ilustrado por Carlos Valdivia, que en los años setenta, algunos activistas LGTB británicos lucían chapas con la frase “Vengaremos a Oscar Wilde”. Se ha vuelto un santo queer, Oscar, porque, a pesar de sus imperfecciones como activista -que, por otro lado, redondean narrativamente un personaje apabullante: un esteta, un hedonista, un performer, un excesivísimo dandi-, consiguió ser crítico frente a la sociedad mojigata que le rodeaba, cuestionó sus valores hipócritas y luchó por la visibilidad del amor homosexual, quedándose él mismo -y su mala fama, y las traiciones de los suyos, y la venganza de todos- en la soledad, el ostracismo y la cuneta.  


Así lo vaticinó: “No tengo dudas de que ganaremos, pero el camino es largo y teñido de rojo por martirios monstruosos” . Esta hermosa biografía ilustrada recoge su trayectoria, sus grandes amores homoeróticos, la construcción de su disfraz de polemista, su reyerta para ser leído y apreciado por los críticos, y, sin duda, su reivindicación de la libertad sexual, que le llevó a ser juzgado por “sodomita”. 


Vengaremos a Oscar Wilde, es claro: porque tuvo que enfrentarse con la carne y con el pensamiento a la Enmienda Labouchére, que introdujo en el código penal británico a finales del XIX el delito de “conducta obscena” que convertía en ilegal cualquier acto sexual entre hombres, incluso en privado. No era una novedad, porque la homosexualidad estaba penada de antes, pero se necesitaban pruebas de la eyaculación y la penetración para condenar a los acusados. Esta artimaña legal sirvió para “juzgar a homosexuales conocidos cuando no podía probarse la sodomía”.


Diva camp


Fue una diva camp, Wilde. Nació en una familia de todo menos conservadora y llevó siempre el escándalo en la sangre. Con 16 años, en Portora, comenzó a mantener “amistades sentimentales” con otros estudiantes. Cuentan que, en su último día en el colegio, fue a despedirlo a la estación uno de sus colegas más queridos: el tren estaba a punto de partir y el joven gritó “¡Oh, Oscar!”, antes de besarle en los labios y dejarle en la cara restos de sus lágrimas. 







 













Fue el principio de una vida tortuosa: en su juventud, aunque Wilde podía resultar afectado en sus maneras e incluso afeminado para algunos machistas, nadie le creía homosexual. Más bien entendían que sus poses imitaban las maneras de los dandis. Ahí su estela aristocrática que, a la vez, resultaba un juego constante: le tiraba la caña a actrices bellísimas de la época, se ponía un clavel verde en la solapa -luego interpretado como el color homosexual-, y estiraba siempre un poco más el chicle.


“No tengo nada que declarar, salvo mi genio”, decía, y, cuando le preguntaban por los chismes que se contaban de él, alegaba: “No importa si lo hice o no, sino que la gente lo crea”.


Generaba tanto revuelo -primero su persona, luego su obra- que hasta periódicos importantes como The New York Times o The Washington Post sucumbieron a descalificativos homófobos. Él sigue su camino: hace una gira norteamericana y se asienta un tiempo en París, donde conoce a Victor Hugo, Mallarmé o Pissarro. Como las conferencias no le daban el suficiente dinero y sus textos no gozaban de excesiva popularidad, empezó a dedicarse al periodismo. Durante un tiempo fue el editor de The Lady’s World, a la que enseguida cambió el nombre a un más moderno The Woman’s World.


Conciencia feminista


Wilde era un gran feminista: su conciencia crítica respecto al machismo de la sociedad la había activado su madre -que montaba en su salón tertulias de café por donde llegó a pasar la sufragista Millicent Fawcett- y la había seguido cultivando su esposa Constance, con la que se casó con 29 años y a la que nunca amó del todo, no con todo su ser, pero con quien siempre tuvo una relación cariñosa e intelectual, amén de dos críos en dos años, Cyril y Vyvyan.


No obstante, Oscar perdió pronto el interés en esa vida previsible y pasaba las noches recorriendo antros y burdeles con su amigo Robert Sherard. Hasta empezó a llevar a sus ligues masculinos a casa. Él se vestía con flores, iba a los sitios en carruajes, rezumaba extravagancia y disfrutaba de charlar todo el día en clubs y hoteles lujosos.


En sus cuentos, fantaseaba con que Shakespeare hubiese dedicado sus sonetos a un joven llamado Willie Hughes; en sus ensayos, exponía ideas escandalosas para la élite intelectual victoriana. Por ejemplo, en El alma del hombre bajo del socialismo, criticaba que la caridad no ataja los problemas del capitalismo y defendía una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores a través de la educación.


Dorian Gray vive


Imitaba el decadentismo francés, Wilde, y el punto álgido de ese juego llegó con su única novela, El retrato de Dorian Gray, donde encarnaba el pensamiento de que el arte no tenía por qué ser moral y escupía sobre una sociedad británica basada en la apariencia. Claro que tuvo que ‘recortar’ -hablemos claro: censurar- los pasajes más homoeróticos para que fuese recibida en las librerías. 


Aún así, fue muy desdeñada por sus guiños revolucionarios -como su guerra contra la fidelidad-: “La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia a la vida del intelecto: simplemente una confesión de fracaso (…) ¡Ah, fidelidad! Tengo que analizarla algún día. La pasión de la propiedad está en ella. Hay tantas cosas de las que nos desprenderíamos si no tuviéramos miedo de que otros las recogieran…”. Ahí queda eso. 


El que sería su mejor amigo hasta el día de su muerte, Robert Baldwin Ross, fue quien más le ayudó a escucharse y autoaceptarse y comenzó a tener no sólo affaires, sino relaciones importantes con hombres que marcarían su vida: John Gray, Lionel Johnson o Edward Shelley. “Gray prestaría su apellido al protagonista de la novela wildeana, Johnson haría las presentaciones entre Alfred Douglas y Oscar, y Shelley sería un testigo clave en los juicios contra Wilde”, relata el libro. 


Alfred Douglas, quien sería el gran amor de su vida, había escrito un poema homoerótico que deja los puntos sobre las íes en el verso final: “Yo soy el amor que no osa decir su nombre”. “Oscar y Alfred compartían una misma visión utópica de una ‘nueva cultura’ basada en el hedonismo y el individualismo, lo que afianzaría la relación sentimental más importante en la vida de Wilde”, revela la obra.


Su gran amor: Bosie 


A Alfred lo llamaremos como lo llamaban sus amigos entonces, Bosie (“muchachito”), y con él emuló uno de esos afectos que se producían entre jóvenes y maestros de la Antigua Grecia que Wilde tanto reverenciaba: “Un efebo rubio y bellísimo de 21 años dispuesto a aprender de un experimentado mentor, 16 años mayor. No obstante, Bosie era de todo menos un muchachito inocente y juntos llevaron una vida pública escandalosa y excesiva”.


Asistían a las bodas de los otros travestidos, se hablaban en femenino, se regalaban abalorios carísimos, tenían sexo con muchos hombres distintos y se lo pasaban en grande, porque “la fidelidad de su relación no era ‘carnal’, sino ‘espiritual’”. Por otra parte, también fue un amor turbulento, violento, vengativo, delirante. Fue el padre de Bosie, más conocido como Queensberry, quien logró la muerte civil de Oscar porque no soportaba la pasión que por él sentía su hijo. Bosie llegaba a ir a armado a los sitios por si su progenitor se presentaba allí para dispararles y, cuando su padre le enviaba cartas amenazantes, él respondía, chulesco: “Eres un hombrecillo muy gracioso”.




 


Hubo tres juicios contra él, tres, por “sodomita”, pero Oscar no logró salir airoso por su propia naturaleza: era pretencioso, socarrón y buscaba continuamente la risa del público. A una misma pregunta era capaz de responder de diferentes maneras a lo largo del interrogatorio, lo que era una demostración de su poderosa elocuencia, pero también una prueba de su imprudencia y su poco respeto a las autoridades, que acabarían pasándole factura.


Hubo más triquiñuelas: connivencias del padre de su novio con el poder, tráficos de influencias, y un largo etcétera. Carson, el abogado de la oposición, consciente de quién era verdaderamente Wilde, diría a su esposa: “He arruinado al hombre más brillante de Londres”. 


Clasismo y pederastia


“El clasismo estaba a la orden del día en la rígida sociedad victoriana; la mayor parte de los juicios por sodomía o conducta obscena eran contra trabajadores. Resultaba incomprensible y censurable que una persona de la talla de Oscar Wilde prefiriese relacionares con chulos y chaperos”, cuenta el libro. “A ello se le sumaba que, tras la reforma penal de 1885, la edad de consentimiento había aumentado de 13 a 16 años; y el hecho de que uno de los testigos tuviera 15 no habría resultado problemático si se tratase de una chica, pero que fuera un muchacho inspiraba argumentos sobre la mala influencia que Wilde ejercía sobre los jóvenes”. Eso sólo conseguía que Oscar se defendiese con más vehemencia y que se viese a sí mismo como un nuevo Sócrates. 


Pero perdió, y quedó arruinado. Sus libros se retiraron de las librerías, su nombre aparecía tachado en los carteles de las obras teatrales que se estaban representando, sus deudas se agravaron y su casa quedó saqueada. Dos años de cárcel y trabajos forzados. Muchos de sus amigos, sospechosamente, desaparecieron.


Pronunciar su nombre se convirtió en un tabú, en un "vicio innombrable o en una amenaza velada". En la cárcel le suministraban bromuro de potasio para inhibir el impulso sexual, lo que le produjo problemas intestinales continuos. Perdió peso y sufrió una caída por la que pasó dos meses en la enfermería y que le causó una “lesión auditiva que en unos años provocaría su muerte”. 


Lo cierto es que su paso por prisión le convirtió en un activista por los derechos de los prisioneros: abogaría por la despenalización de los niños y de los hombres detenidos por tener relaciones con otros hombres. En sus últimos días, “enfermo de melancolía” y abandonado por sus amores, pensaba en el suicidio. Perdía la cabeza. Decía, sacando humor siempre del lugar más insospechado, que estaba “muriendo por encima de sus posibilidades”. Y se despidió del mundo a los 46 años con una de sus citas más célebres: “El papel pintado y yo estamos luchando en un duelo a muerte. Uno de nosotros se tiene que ir”. Claro que vengaremos a Oscar Wilde.




 


 


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