«Debía de haber sentido rabia, pero sólo me embargaba una pena espantapájaros, hecha de ramas secas y adornada con un sombrero viejo. La congoja subida en mi pecho, como una criatura malcriada que no pensaba bajarse de allí de ninguna manera. La tristeza es un lastre que cautiva. Una amante pésima, a la que mantienes a pesar de no aguantarla. Y eso te impide buscar una nueva aventura. Es una mala compañía la puta tristeza. La rabia me hubiera ayudado a sacar fuera de mí ese algo negro, podrido, que no entendía, ni quería entender. Ilusiones muertas que se secan, que se convierten en fósiles que habitan en nuestro interior. Te diseccionan y encuentran un sueño convertido en caracol marino, hundido en un pulmón, y acabas en una urna en el museo de ciencias naturales.»
Así escribe, en su primera novela, Juana Cortés Amunárriz (Hondarribia, Guipúzcoa, 1966), licenciada en Filosofía por la Universidad del País Vasco y residente en Madrid.
«Yo tenía una capacidad, un don quizás, pero, como en los cuentos, temía que se convirtiera en una maldición o un castigo —explica—. A mí me crecían historias, ajenas a mi voluntad y a mi control. Al principio, confundida, no se lo quise contar a nadie y lo guardé en secreto. Debía domesticar ese hábito; acostumbrarme a él y alimentarlo. No fue fácil. Nunca en mi vida había tenido mascota y tenía poca paciencia. Un día escribí un cuento y, ante mis ojos, se convirtió en gato y me arañó el corazón. Me dejó el ánimo perturbado y la sensación de haber tocado ceniza con la yema de los dedos. Luego llegaron otros. Me hacían compañía y aprendí a jugar con ellos. Sin darme cuenta creé un mundo propio con mis fantasías y mis anhelos, poblado de niños enfermizos y mujeres transparentes, de animales mágicos y seres desconcertantes. Empecé a observar y a escarbar entre los fragmentos de vidas ajenas. Me convertí en buscadora de historias, paleontóloga, espeleóloga del sentimiento. Las palabras caminaban agarradas del brazo y las historias se crecían, volaban, se me iban de las manos.»
Esas historias eran, hasta ahora, relatos más o menos breves que le han merecido varios reconocimientos, entre ellos el Segundo Premio Hucha de Oro, el Pedro de Atarrabia, el Gaceta de Salamanca o el Tercero y diploma en el concurso de cuentos de COGAM 2004 (cuentos de integración y diversidad sexual para niños). También el Primer Premio del Certamen de Relatos Hiperbreves de la Comarca del Bajo Aragón con un trabajo, Fantasías, que reproducimos (lo extraemos de la página Canal Literatura) para que lo disfrutéis:
Sus manos en las caderas. Las yemas de los dedos presionando en el límite del dolor. Su aliento en el cuello. La respiración entrecortada. Antes, cuando hacía el amor con su marido, su mente volaba como una cometa con las cuerdas tensas, arriesgando en cada pirueta. Pero, desde hacía algún tiempo, el placer de planear había desaparecido. Todo se había reducido a unos movimientos rítmicos. Fricciones entre dos cuerpos totalmente carentes de pasión. Amaba a su marido, aunque amar siempre le había parecido una palabra presuntuosa. Pero la rutina, con la mecánica de un tractor, había aniquilado la ilusión. Y la pasión. Y las mariposas en el estómago. Se folla con la cabeza, pensaba ella. Y mi cabeza está embotada. Sin embargo, si cerraba los ojos e imaginaba a otro hombre, su placer era mayor. Era una fantasía íntima que se sentía incapaz de compartir. Hasta que un día conoció al hombre que había imaginado. Lo reconoció por su olor a tabaco. Su sonrisa torcida. Su mirada inquieta. Sin duda aquellos eran los dedos que conocían su cuerpo y sabían abrirlo y cerrarlo a su antojo. Lo deseó sin palabras. Fue una descarga eléctrica entre sus muslos. La atracción era mutua e intentar contenerse parecía sólo un despropósito. Cada paso que daba le conducía en la misma dirección. Quedaron en un hotel próximo al Retiro, una tarde de lluvia intensa. Él llegó primero. Se desnudó y dobló con cuidado su ropa interior. Ella prefirió dejarla desordenada sobre la moqueta. Le molestaba tanta corrección. Cuando la abrazó ella sintió que se lanzaba de cabeza a una piscina helada. Luego cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y, mientras él lamía su cuello, imaginó que hacía el amor con su marido. |
Asegura Juana que «la grandeza de escribir, es algo incompartible e indescriptible. Algo que no se mide en triunfos. Algo muy relacionado con la satisfacción personal y con una, muy particular, forma de observar el mundo. Te levantas. Te pones las zapatillas y ahí hay una historia. En el fondo de la zapatilla izquierda. La que tiene la punta desgastada. La suela envejecida. Un historia pequeña y arrugada. Se ha escondido ahí esa noche, como si fuera una cucaracha despistada. Y, quizás, no sea la mejor historia, pero sí la que hará que ese día merezca la pena. Por eso —concluye—, yo, sigo escribiendo». Hora es de que empecemos a leerla...
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