En esa página, evidentemente propagandística (la información sobre la actividad diplomática de los dirigentes chinos es abrumadora) se puede encontrar respuesta a preguntas banales tipo ¿Cómo puedo traer mi perro a Beijing? o ¿Qué acontecimientos celebrados en Beijing durante vacaciones por Día Nacional?, pero también conocer la historia y las tradiciones del país.
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«Durante décadas e incluso siglos —leemos—, Adiós a mi concubina fue uno de los estandartes del repertorio de la ópera de Beijing. La historia refleja la época en que dos generales rebeldes, Liu Bang y Xiang Yu, libran una batalla de vida o muerte. El amargo conflicto se desata tras el colapso de la Dinastía Qin hace dos mil 200 años. La obra cuenta el amor entre un príncipe guerrero y su concubina favorita. En la adaptación al cine de Chen Kaige, el personaje principal es un actor que interpreta al príncipe en el escenario. Este actor se hace famoso y rico pero le resulta muy difícil darse la gran vida que exige su ego. En tanto, el actor que interpreta el personaje de la concubina confunde su papel con la vida que lleva fuera del escenario. En la ópera de Beijing, los personajes femeninos eran interpretados generalmente por hombres, lo que fue la especialidad de Mei Lanfang. El choque entre los personajes de los dos hombres dentro y fuera del escenario, revela la reflexión del director sobre la tradición, condición humana y la propia existencia. La cinta es la primera realizada en la parte continental que recibe la Palme d'Or en el festival de Cannes y expone al mundo la ópera de Beijing.»
Olvidad la expresión «la parte continental» (que nuestros lectores de Taiwan, sin duda, no apreciarán) y centraos, por favor, en la película que, por cierto, también se hizo con un Globo de Oro y hace un par de años fue elegida la mejor película china de la historia por los espectadores de Hong Kong.
Porque la cinta es mucho más que una película sobre la ópera: explica cincuenta años de la vida china, y de quienes la viven. «Hace tiempo me prometí a mí mismo que el cine chino sería importante en el mundo; mis compatriotas y yo hemos trabajado duro, y ahora empiezan a llegar los primeros resultados de nuestro esfuerzo», dijo en Cannes su director, el entonces casi desconocido (y después no muy apreciado: ya volveremos sobre eso) Chen Kaige. Por una vez, el veredicto de otorgarle la Palma de Oro, ex aequo con El piano, no fue discutido por nadie, y la realización se llevó, además, el Premio de la Crítica Internacional.
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Chen Kaige presentaba entonces así su trabajo: es «la historia de dos actores de teatro y la prostituta con la que uno de ellos se casa. Discurre casi a lo largo de 50 años de la historia reciente de mi país, desde 1933 a los días de la Revolución Cultural. No es, sin embargo, una película sobre la historia de China, sino sobre los comportamientos universales de la gente. Está vertebrada alrededor de algunas preguntas que me interesan como, ¿puede uno suicidarse por otro hombre?, ¿puede uno comportarse en la vida como en el teatro?».
Las crónicas nos contaban también que el germen de la película había que buscarlo en el mismo Festival de Cannes pero algunos años antes, en 1988, cuando Chen Kaige, que entonces presentaba su tercera obra, El rey de los niños, conoció a Hsu Feng, una antigua actriz que se dedicaba a la producción de películas en Taiwán, quien le propuso adaptar para el cine la novela Adiós a mi concubina de la escritora Lilian Lee (que en España publicó Ediciones B en 1997). Tarea que el director aceptó a pesar de que la novela le parecía un tanto floja porque Lilian Lee no tenía una visión clara de la situación de China o del mundo que rodeaba a la Ópera de Pekín, y tampoco tenía una comprensión emocional real de la Revolución Cultural porque no la había vivido.
No vamos a volver sobre la eterna polémica, ya sabéis, sobre los libros y las películas, sobre si libros malos pueden inspirar películas inmensas o si las obras literarias de calidad nunca pueden ser mejoradas por las películas, por buenas que sean... Lo único que podemos ofreceros es esta película, espléndida, cuyo director —dicen los críticos— nunca ha vuelto a volar tan alto.
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