Alberto Mira (Alzira, 1965. Profesor de cine en la Oxford Brookes University) agavilla las Miradas insumisas de los espectadores gays, que saltándose la censura y los estereotipos homófobos, proyectan deseo homoerótico, sacan del armario a camaradas y a amigas de toda la vida, descubren a la butch en Bette Davis, a la cómplice en Dorothy o Elizabeth Taylor, y se ven reflejados en Disney, en musicales y en melodramas.
Repasa además las Miradas insumisas de los creadores homosexuales: Cukor, Visconti, Pasolini, Fassbinder, Ventura Pons, Todd Haynes o Almodóvar, que buscan modos de dar forma artística y narrativa, de maneras más o menos codificadas, a una experiencia personal y subcultural y a unas fantasías que no se someten al imaginario tradicional.
Más allá de una idea convencional y limitada del «cine gay» y más allá de los silencios y distorsiones de la crítica (casi siempre masculina y a menudo muy hetero), Miradas insumisas repasa las relaciones entre la experiencia homosexual, la fantasía homoerótica y el cine.
Hemos hablado con el autor.
¿Qué es Miradas insumisas? ¿Por qué ese título?
Miradas insumisas se sitúa entre la experiencia gay, lésbica, homosexual, bollo, marica o como queramos llamarla y la experiencia del cine, describiendo las relaciones entre ambas. En general, el régimen que determina la representación de la homosexualidad en el cine se basa en dos tipos de presiones. La primera, y para mí la peor, es la que haría la experiencia homosexual desaparecer de las películas. La segunda es la presión a la distorsión de la experiencia homosexual, que aparece estereotipada, casi siempre para mal, con la función de desautorizar al personaje o todo lo más presentarlo como objeto de pena. Sobre todo, este programa, reforzado por la crítica, se ocupa de que nunca haya una expresión normalizada de la homosexualidad en primera persona. Los homosexuales son siempre «eso», «ellos», «aquellas», nunca «yo» o «nosotras». Pues bien, la mirada sumisa es la que acepta este programa de representación sin rechistar, la que no se rebela y no se inventa alternativas, la de directores que silencian por completo su experiencia y se armarizan o espectadores que aceptan que los homosexuales «somos/son así».
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La mirada insumisa es la que, contra el silencio o la homofobia, lee el cine, o lo hace, de manera creativa, contra las presiones de la normalidad. Es la de creadores y artistas que irían de
Jack Cole a
Chantal Akerman, de
Cukor a
Visconti o
Pasolini, pasando por
Nicholas Ray,
Greta Garbo,
Rose Troche,
Donna Deitch,
Gus Van Sant,
Ventura Pons,
Marta Batllebó-Coll, etc., que dan voz y forma a esta experiencia (aunque no se identifiquen como homosexuales y aunque la disfracen), así como la mirada de espectadores que se atreven a proyectar en las películas su conocimiento, su deseo, y hacer el cine suyo a pesar de los intentos de marginación y exclusión. Mujeres lesbianas que ven algo suyo en la
Bette Davis de
Vieja amistad, que se reconocen de niñas en
La venganza de la mujer pantera. U hombres que le ven cierta gracia a
Norma Desmond o leen
Top Gun de maneras nada ortodoxas.
El título trataba de aportar connotaciones positivas (a mí la insumisión me parece positiva) al modo en que los gays pueden enfrentarse al cine. Es decir, la mirada insumisa de creadores o de espectadores no limita nuestra experiencia del cine, sino que, en realidad, la amplía. La mirada insumisa es una mirada de placer y de conocimiento del mundo.
En principio, y aunque imagino que matizaremos (ver más abajo), no había un cine destinado al público homosexual.
Ni cine ni literatura ni nada. No se nos interpelaba, a pesar de que se hablaba de homosexuales en términos solemnes. El homosexual no existía ni como destinatario directo ni como alguien que pudiera hablar en primera persona de manera normalizada. Incluso hoy, si hablas como gay, eso tiende a cuestionar el contenido de lo que dices. No, las insinuaciones de homosexualidad hasta los años ochenta en general tenían que ver con lo espectacular (las locas de Vicios pequeños o No desearás al vecino del quinto, todas esas vampiras lesbianas que se paseaban semidesnudas) y se pensaban para heteros, para divertirles o asegurarles que ser gay era terrible, patético y tal. Una cosa que me interesa mucho es cómo gran parte de la representación lésbica se hacía para hombres heteros, sin considerar la mirada lésbica para nada, ni en los personajes ni en el público.
Ha llegado la hora de matizar. Es cierto que la industria del cine siempre ha sufrido presiones para que la homosexualidad no apareciera, pero a veces los personajes se colaban. Cierto, representados de manera tan estereotipada y ridícula que casi hubiera sido mejor que hubieran seguido ocultos…
…O no. Sobre esto hay dos escuelas. Algunos piensan que lo peor que puede pasar es que los personajes homosexuales aparezcan como monstruos, de manera patética y tal. Otros, como Harvey Fierstein y yo mismo, pensamos que lo peor es no existir. La representación no siempre es unívoca. Igual tú no quieres ser un criminal con pluma o una vampira, pero habrá quien sí. Tenemos que dejar de lado la literalidad a la hora de ver películas y concentrarnos en lo que les podemos sacar. La fantasía de ser vampiro es perfectamente legítima. Las películas funcionan en una dinámica de fantasía que no tiene por qué ser realista.
Es un poco el tema
Instinto básico. La protagonista puede ser una criminal, pero en nuestras fantasías podemos pensar que
Michael Douglas merece ser asesinado. Y además está buenísima, y quién no ha fantaseado con algo así. Así que la convertimos en icono. Esto no significa que estemos a favor que se mate a la gente en el mundo real, ni siquiera a
Michael Douglas, rey de la pitopausia hetero, pero tampoco hacemos daño a nadie soñando.
Luego, el homosexual pasó a ser un personaje «representable» pero tan marginal y doliente que no permitía identificación…
Efectivamente daba mucha pereza. Lo peor es que mucha gente, homo y también hetero, sí internalizaba estas representaciones. Y esto es importante. Hoy nos es fácil ir de divinas y decir que no importa, pero históricamente hay que recordar que esas imágenes tuvieron un impacto muy real en su momento. No sólo esto. Piensa que dado que los homosexuales hasta muy recientemente estaban a menudo armarizados, las imágenes que daban el cine o el teatro eran las únicas referencias que la población tenía sobre la homosexualidad.
¿En qué momento nos encontramos ahora? El cine, ¿refleja ya la experiencia homosexual de manera normalizada?
A mí hablar de «normalidad» siempre me salta las alarmas y me pongo a matizar con prolijidad y soltar un discurso lleno de cautelas, porque me preocupa lo que algunos entienden por «normal». Os lo voy a ahorrar. En cualquier caso, lo que puede decirse es que a diferencia de lo que sucedía hace sólo quince años, hay una gama de representaciones bastante amplia, que algunas están basadas en la experiencia homosexual real, no en el estereotipo, que existen voces que hablan de homosexualidad en primera persona (o no, según les parezca), que hay voces alternativas para todo.
La palabra más problemática en tu pregunta es «ya». Pues no, «ya», lo que se dice «ya» no. No es un proceso que vaya a estar terminado.
¿Qué ha significado Brokeback Mountain en esta historia?
Es el último hito en la historia de la representación homosexual. Sobre todo por su impacto. A ver, la película está muy bien, me gusta mucho, pero lo que realmente me interesa es cómo, dada su popularidad, funcionó como indicador del estado de la cuestión. Era un poco un test de lo que esa quimera llamada «espectador medio» (que demasiado a menudo es hombre, casi siempre hetero y no muy mayor) podía soportar en términos de representación homosexual. Y lo que podía soportar era poquito, poquito...
Y resulta fascinarse plantearse hipotéticamente si la película hubiera sido considerada igual si el director hubiera sido gay (y lo hubiera dicho), si hubiera contado una historia más o menos personal, si hubiera proyectado una mirada homoerótica sobre los cuerpos, si el amor no hubiera sido frustrado, si hubiera sido sexual, si se hubiera tenido en cuenta la marginalidad, si no hubiera terminado en muerte. Pero, ¡calla!, si no va a hacer falta utilizar una bola de cristal. ¡Si esa película hipotética ya existe! Se llamó La mala educación, era tan espléndida como la de Ang Lee (o más), y fue recibida por la crítica con frialdad, con pereza, con todo tipo de objeciones y bloqueos, con manifestaciones de incomodidad, y el público tampoco quiso demostrar demasiado entusiasmo. Pues eso. El día en que se normalice la recepción de algo como La mala educación hablaremos de hitos importantes.
Pedro Almodóvar, ¿qué lugar ocupa?
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Para mí Pedro Almodóvar es, con Fassbinder, John Waters, Todd Haynes y pocos más, el epítome de la mirada insumisa. Se trata de alguien que sin hacer grandes declaraciones simplemente toma los elementos que tiene más a mano, elementos de cultura gay, o de su propia experiencia, y los convierte en arte sin problemas y sin tapujos, creativamente, sin ponerse límites. Tened en cuenta que cuando Almodóvar rodaba Pepi, Luci, Bom… la LPRS estaba todavía vigente. Y a diferencia de otros (y con el único precedente de Eloy de la Iglesia) en lugar de hacer cine sumiso supo sacar las plumas de su armario, un poco de manera inconsciente, y crear un tipo de historias que nadie más se atrevía a hacer. Lo que distingue a Almodóvar, quizá incluso lo que le hace tan universal, es que se ha mantenido fiel a lo que le gusta y no se ha metido en ocultaciones, discreciones y normalidades. Aquí cabe decir que esto le granjeó, entonces y ahora, muchos enemigos: en este país se lleva mal la originalidad, pero la originalidad marica resulta insoportable. Su triunfo es toda una lección para quienes prefieren ser discretas: cuando se renuncia a hablar a partir de la experiencia propia (una experiencia que para muchos artistas es homosexual) el miedo puede obstruir la expresión creativa. Y el arte producido será menos intenso, menos de uno. En este sentido el armario puede ser letal para una mirada artística.
Miradas insumisas, ¿ilumina una parte oscura, oculta, de la historia del cine?
Es una de las cosas que hace, pero más que nada como consecuencia. Como digo, a mí lo que me interesa es la relación entre experiencia y creación por una parte y experiencia y lectura por otra. Es normal que para hablar de experiencia homosexual haya que hablar de creadores homosexuales. En general lo que digo en el libro se sabía en su momento, pero la homosexualidad siempre ha estado limitada por el armario, y a veces lo que era discreción por motivos prácticos acaba enquistándose como una verdad (por ejemplo en los casos de Cary Grant o James Dean). Fíjate en lo que pasa con las guerras de biógrafos: la homosexualidad es oculta porque hay gente que prefiere mantener la ilusión de la heterosexualidad. La oscuridad se crea, como dice David Ehrenstein, como parte de un proceso de invisibilización de lo gay que tiene su lado ideológico. Un fenómeno curioso. Quien siempre tiene que demostrar las cosas es quien dice que Katharine Hepburn o James Dean eran gays. Lo cual es menos lógico de lo que pueda pensarse a primera vista. Dada esta situación el cotilleo acaba por convertirse en epistemología.
Llevas años estudiando la evolución de la industria y el arte cinematográficos y su relación con la homosexualidad. ¿Te atreves a darnos pistas sobre cómo van a evolucionar sus relaciones en el futuro?
Pues no. Te diré sin embargo que todo dependerá de lo que hagamos nosotros. Una cosa interesante del momento actual es que muchos obstáculos que impedían a gays y lesbianas hablar de su experiencia en primera persona han desaparecido, y eso significa que la responsabilidad es ahora nuestra. Ya no podemos decir que no nos dejan contar nuestras historias. Por supuesto habrá que contarlas bien, y tendremos que ganarnos al público, y en principio el público será menos, porque los bloqueos en la mente hetero siguen ahí. Pero en fin, al menos podemos elegir entre contar algo que nos es cercano sin rodeos ni tapujos esperando comunicar la esencia de la cuestión a todo tipo de público o seguir jugando a discreciones, miedos y silencios. Y como siempre el futuro va a depender de lo dispuestos que estemos a pagar por ver historias que nos toquen directamente. Si el cine no significa nada para cierto sector del público deja de existir.
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