Garçon Stupide es una maravillosa y misteriosa opera prima, una de esas sorpresas que a veces nos da el cine europeo, alejado de cualquier concesión a la industria o a los gustos à la mode. Se trata de un retrato hondo y abismal del alma de un joven de veinte años y sus interrogantes acerca de sí mismo y su relación con el exterior, desde su peculiar vida personal, afectiva y laboral.
Loic (interpretado por el propio realizador de la cinta) es, al principio, sobre todo un cuerpo, un cuerpo que se prostituye y que no conoce el amor con mayúsculas; pero que, no obstante, es capaz de dar otro sentido a las palabras, a los rostros, a los encuentros casuales o premeditados… La mirada del joven no deja de lanzar preguntas, unas preguntas que aparentemente ya tienen sus respuestas porque pueden buscarse en el diccionario, un gran Diccionario, real o simbólico. Su convivencia con Marie, una joven a la que llama su novia pero con la que mantiene un contacto más espiritual que carnal, le harán enfrentarse progresivamente a si mismo y a su relación con los demás.
El protagonista de Garçon Stupide nos plantea incómodos interrogantes sobre la identidad social, sexual y personal en un mundo que es observado con la una falsa ingenuidad que va de lo pre-cultural a lo posmoderno (como esas fotos de animales disecados que hace él en un móvil durante su visita a un museo). Loic, que trabaja en la cadena de una fábrica de chocolate y también en el sexo en cadena, parece a simple vista un chico banal e inmaduro pero el filme no se detiene ahí sino que nos sumerge en su exploración de los cuerpos y las relaciones humanas. El filme, visualmente agresivo y a la vez con tonalidades de fragilidad, se fragmenta en un montón de imágenes eróticas o desconcertantes que son sobre todo un reflejo del caos cerebral y la dificultad de comunicar y comunicarse en un mundo de signos que acaban siendo llagas.
La estupidez de Loic debe leerse más bien como una peligrosa página en blanco que se resiste a ser escrita, como una mirada inquisitiva sobre un mundo en el que ocupa un lugar desconcertante. Las imágenes son a la vez frías y cercanas, con toques de fantasía onírica, ironía despiadada y toques semidocumentales lo que va acompañado de con un radical replanteamiento de lo pornográfico y lo obsceno de las situaciones y los encuentros sean físicos o espirituales.
Su encuentro final y plácido con Rui, futbolista de un equipo regional, fuerza quizás demasiado el filme hacia la parábola, con su inquietante y alegórico final. No obstante, la hábil combinación entre la ruptura verbal y lo visual a través de la reinvención de lo corporal lo convierten en un filme valiente y más que estimable.