El director André Téchiné explicó en su día que su intención fue hacer una película «íntima y colectiva» que mostrara a la generación que fue testigo de los principios de esta epidemia.
Íntima, porque lo que aquí nos muestra son sus propios recuerdos («Me sentí marcado con la muerte de muchos amigos, algo dramático. Y escapé de mi destino»); colectiva porque lo entonces ocurrido no puede ser reducido a una experiencia individual: «Fui testigo de esa epidemia, que fue como un ataque de los marcianos».
Echando la vista atrás, Téchiné recuerda que en aquellos años, las parejas heterosexuales «no estaban afectadas directamente» por el sida, y precisa que con la película no quería «hacer una teoría» sobre la enfermedad. «Mis películas son instintivas» asegura, al tiempo que insiste en que está interesado por «lo íntimo y la colectividad social», siempre respetando el «carácter afectivo» de los personajes.
Unos personajes encarnados por Johan Libéreau (Manu), Emmanuelle Beart (Sarah), Michel Blanc (Adrien), Julie Depardieu (Julie) y Sami Bouajila (Mehdi) y que, al final, aprenden algo, el milagro de la vida.
Y aquí están. Manu, un joven homosexual que vive al límite, mantiene una amistad con Adrien, médico cincuentón que está profundamente enamorado de él. Mehdi, un inspector de policía musulmán, que pese a ejercer el cumplimiento de la ley y estar enamorado de su mujer, descubre su inclinación bisexual. Sarah es una escritora que acaba de ser madre, pero se da cuenta de que no aguanta al pequeño, un extraño que ha irrumpido en su vida y que sólo la molesta con su llanto. Y Julie, una artista de ópera solitaria, que duda encontrar una pareja algún día.
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